Por Laura Rangel Salcedo
En la entrada de la casa, tenemos un pequeño pergamino con una leyenda que básicamente dice, que aunque te pasen un montón de desgracias vuelvas a empezar. Por supuesto que el objeto del pergamino es el de inspirarnos, pero me pregunto ¿qué tan fácil es volver a empezar? Las variables que me puedo imaginar son muchas. Por ejemplo, cuando te preparas un delicioso cafecito mañanero y confundes el tarro de azúcar con el de la sal ¡guagh! Es relativamente fácil desechar ése café, lavar la taza y preparar otro, esta vez poniendo atención en cuál tarro tiene azúcar. Lo que tiene mayor grado de dificultad es quitarte el asquito que te dejó la experiencia en el paladar.
Hay una cantidad enorme de adversidades que uno puede enfrentar, tantas que ya hasta hay aquellas a las que estamos muy acostumbrados. También hay las que no suceden tan seguido, como pisar un bache ¡pero con el pie y no la llanta del carro! Recuperarme de ésa me tomó cerca de 2 semanas y ahora me fijo más en lo que he denominado “los baches de a pie”, para, literalmente, no andar metiendo la pata. Lo que más me dolió fue el orgullo y en segundo lugar el codo cuando vi la cuenta del hospital. La buena noticia es que todos los humanos tenemos la capacidad de volver a empezar tantas veces como sea necesario y de perdonarnos. Meter la pata nos enseña y duele, aunque quiero subrayar que el aprendizaje no tiene que llegar necesariamente por la vía dolorosa.
Este par de infortunios reflejan con claridad dónde radica la dificultad de volver a empezar: en el primer ejemplo, el mal sabor de boca que dejan y en el segundo ejemplo, que el orgullo duele más que el tobillo. En ambos casos, meter la pata, ya sea en sentido real o figurado, es muy natural considerando la cantidad de veces que, como humana que soy, me he equivocado. Hay equivocaciones que son muy chistosas y otras no tanto, lo cierto es que uno debe primero recuperarse y luego volver a empezar. Uno de los ingredientes para quitarse el mal sabor de boca y la vergüenza, es el tiempo.
El tiempo es mágico y, como decía Albert Einstein, relativo; quiero señalar que en ningún lugar del pergamino dice que me apure, o sea que nadie me viene correteando. Claro que el tiempo que uno se toma para recuperarse de lo del café no es el mismo que el requerido para superar la quiebra de un negocio, un engaño o una pérdida; por eso es relativo, porque va en relación directa a lo profundo del dolor de la experiencia. Tampoco se vale hacerme guaje diez años para recuperarme del oso de haber contado un chiste que es buenísimo (según yo) y al parecer nadie le entendió.
Otro ingrediente para recuperarme, sería la capacidad de perdonarme y en eso ocupo el tiempo. Muchas de las veces que me he equivocado me enojé conmigo, por miles de razones me maltraté, me juzgué y hasta me insulté; también, cuando cupo la posibilidad, le eché la culpa a alguien o algo más, ya sea porque ¡¿a quién #$%&@ se le ocurre poner sal y azúcar en tarros idénticos y dejarlos juntos?! o que el gobierno tiene las calles echas una desgracia. Para poder perdonarme, lo primero que tengo que hacer es reconocer que me equivoqué yo solita y sin ayuda de nadie, por dos razones: porque es cierto y porque así ya estoy en mi cancha de acción, ya estoy en donde si puedo cambiar algo porque se trata de mi.
Lo segundo que tengo que hacer es entender porqué me equivoqué: por atrabancada, por floja, por no decir la verdad, por exagerada, porque me pasé de copas, por vanidosa, etc. Hay algunas de estas razones que nos ponen muy nerviosos porque son difíciles de admitir, tanto o más que admitir la responsabilidad, pero es muy importante la honestidad total conmigo misma, de otro modo nada más me estaría haciendo guaje. Un jefe que tuve decía “el que se pone nervioso se equivoca y el que no reconoce que se equivoca, se sigue equivocando”.
Esto no quiere decir que me trate mal o me juzgue aunque las razones que encuentre sean muy rasposas, este ejercicio es para corregir y no para entrar en una relación sadomasoquista conmigo misma. Y precisamente, porque me quiero y no quiero hacerme daño a propósito, me perdono y me propongo corregir aquellas conductas que me llevan a equivocarme, como andar en la luna y ponerle sal al café. Ahora si ya puedo volver a empezar, ya me perdoné y me reinventé, soy la nueva yo menos atrabancada, floja, vanidosa, exagerada, despistada, nerviosa o enojada. Empiezo de nuevo, con una versión mejorada, corregida y aumentada de mí misma.
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